domingo, 8 de agosto de 2010

Salmón

El filete de salmón es el solomillo del mar. Puede sonar un poco tajante, pero no he encontrado un pescado que produzca tanta satisfacción al ser comido. El grosor y textura de esta carne la convierten en un candidato ideal para disfrutar de su ingesta como si de una barbacoa en toda regla se tratase. Y hoy, como pequeño auto-homenaje, he decidido darme este capricho.

La pieza elegida es este ejemplar de 484gr de peso (571 kcal para los más sibaritas), que ya viene convenientemente limpio en su bandejita. Debo advertir antes de seguir comentando que no he consultado ninguna receta de preparación de salmón en Internet o libros, por lo que el método empleado puede estar lejos de ser perfecto o siquiera recomendable.

En este caso, el tamaño sí importa.

Como el salmón ya tiene ácidos grasos de sobra, decidí prepararlo a la plancha, sin añadir nada a la sartén. Sobra decir que es necesaria una que sea antiadherente o el resultado puede ser nefasto. Tras una rápida pasada para que la parte superior cogiera color, le dí la vuelta al salmón para emplear el gran aliado en este plato, la piel de la parte inferior.

Vemos el lomito grueso, para ir controlando los tiempos.

Y es que la piel inferior, aunque no nos la vayamos a comer, nos va a servir precisamente para que el salmón pase el tiempo suficiente en la sartén, cocinando todo el grosor del filete, sin importar que se chamusque un poquito, ya que esto no va a alterar el sabor posterior porque la vamos a desechar.

Primera vuelta.

Segunda vuelta.

Poco a poco, vamos viendo en el lateral como se va cocinando todo el grosor de la pieza. A estas alturas, el olor a salmón en la cocina es más que notable. Sobra decir que de vez en cuando hay que darle la vuelta para que también se haga la parte superior. En este caso he elegido el estilo tortilla de patata (pasandolo a un plato y luego de nuevo a la sartén) para evitar que se rompiese la pieza.

Tercera vuelta.

Cuarta vuelta. Que nadie se asuste que no son las vueltas del MIR.

Cuando creamos que está hecha (yo elegí el momento en el que se veía un 80% cocinado en el lateral grueso) podemos retirarlo de la sartén. En mi caso el aliño fue simplemente con aceite, limón y sal. Pero aquí entran los gustos de cada uno.

Un aliño sencillo, gracias señor hacendado.

La degustación del salmón fue inmejorable. Estaba exactamente en su punto, el interior no se había quedado crudo (salvo algunas pequeñas zonas en el interior, pero ahí está en parte la gracia de cocinarlo de esta manera) y la textura era perfecta.

El resultado final en el plato.

Un vistazo del interior.

Magia potagia, he hecho desaparecer el salmón.

Animo a todos aquellos a quienes no les hace gracia el pescado a que un día prueben a prepararse un buen chuletón de salmón, a ver si así cambian de opinión. Eso sí, llamad a algún amigo porque si no os gusta sería una pena tirar algo tan exquisito!

No hay comentarios:

Publicar un comentario